5.9.09

chantaje


Es ridículo decir que es de noche: aquí siempre es de noche.
Sin embargo cuando el cielo es como la tinta de un calamar que ha pasado toda su vida entre los restos de un galeón español hundido por piratas, uno tiene la sensación de noche, verdad?

Vamos sentados lado a lado sin decir palabra, viajando a la velocidad adecuada. Yo, en el asiento del conductor, dedos sobre el volante - apenas rozándolo, como si fuera el contorno de una mujer pantera que siempre reacciona diferente al tacto de tus dedos.
Ella va en el asiento del copiloto, con el traje rosado y el cierre abierto hasta el valle donde comienza la separación de los pechos.

- ¿Es esta nuestra primera pelea? - dice.
- Parece - digo al rato. Después silencio.

Arriba, a la izquierda, Nuba Secretis tiñe la negrura de violeta. Hemos estado juntos por cuatro años (lo que parece increíble) y nunca hasta hoy habíamos discutido (lo que parece aún más increíble). Una tregua tan larga, solos y encerrados en la nave, no se da jamás - algo así como un político sin contactos con la mafia.

Al rato siento su mano sobre mi rodilla y después bajando el cierre de mi traje. Me aferro al volante como un trapecista que se prepara a recibir a su compañera que viene hacia él girando por el aire en un salto mortal sin red. Siento su mano dentro de mi traje. Extrae mi instrumento, se inclina en su asiento y su cabellera roja baja hasta mis muslos. ¡STOP! la imagen queda congelada en el aire, flotando ante nosotros.
Ella, aún sentada como copiloto, apaga el Mind-Reader con una sonrisa. Deja el aparato en la consola y me mira.

- Está prohibido darles agua -le repito por enésima vez , escondiéndome detrás del código.
- ¿Y desde cuándo te importan una putamadre las prohibiciones del código!?
- Oh, Miyú, ¿vamos a empezar de nuevo?
- No - su rostro se tensa - Son personas - dice - podríamos ser tú o yo.

Yo no quiero discutir más, yo lo único que quiero es entregar el cargamento de leprosos, cobrar la paga e irnos a las playas de Cuba a tomar daiquiris y a hacer una revisión completa del Kamasutra, edición de lujo.
De seguro que viene Fidel a visitarnos, con sus camisas hawaianas y sus shorts de seda. Saldremos una noche a beber Appletons con su amigo Bill y a fotografiarnos en la mesa donde Hemingway se sentaba a escribir en su libreta.

- No son leprosos - me dice.
- Así les dicen - contesto.

Nuevamente silencio. Enciende el Mind-Reader y pone la última escena en pausa, flotando como un sueño frente a nuestros ojos: mis manos en el volante, su cabello fuego-lava-llama-sangre cubre mis piernas.

- Okey - dice y señala la imagen quieta - eso, ¡nunca más! O, a cambio les das agua, y entonces Cuba, nuestro libro hindú y tomar ron con Fidel y Bill..."

Lo pienso. Me levanto a llenar los cubos de agua. Elijo los cubos grandes. Mientras trabajo ella me grita desde la cabina - ¡Podemos hacer Kamasutra sólo por tres meses más!

Llevamos unos cincuenta leprosos. Con la paga tendremos playa y palmeras por buen rato. Pagan bien pues la cosa está jodida - descubrirlos y cazarlos no es fácil. ¿Pueden creer que uno era el Presidente de Austria? Shit, ya no se puede confiar en nadie. Va en nuestro cargamento. Ahora podrá postularse en Plutón, el planeta cuarentena.
Reparto los cubos entre los gritos de los enfermos con sus rostros azules agujereados y sus manos de dos y tres dedos.

En el pasillo de regreso mi mente conecta dos cosas: "Kamasutra sólo por tres meses más" y eso de que ahora se baja el cierre el cierre del traje hasta el valle donde comienza la separación de los pechos pues "le aprieta".
Me apoyo en la pared - ¡eso es! - siento gusanos en mi estómago, un mareo, pero más que nada, siento ganas de abrazarla.

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2 comentarios:

Facundo dijo...

Aguante Ray y el ruido de un trueno!

Frank H. dijo...

que sea!