22.1.05

piedras y estrellas


Una mañana de primavera hace tres mil primaveras, Sumuki la hermosa, le dió a su amado su anillo de jade y ambos se abrazaron en silencio a la sombra de los duraznos en flor. Los pájaros de los zumos revoloteaban alrededor y una fragancia de pasto nuevo iba y venía en la niebla.

Él se fue a la guerra. Subió a un barco negro de tres velas y zarpó con la Armada Imperial a enfrentar al enemigo en un mar de algas y de peces azules. Llevaba el anillo en el dedo índice para que le recordara por qué y por quiénes luchaba.
En el combate su alfange bailaba su baile de muerte y su escudo subía y bajaba siguiendo los latidos del corazón de Sumuki. Allí fue que perdió el anillo. Éste saltó al aire y brilló como un insecto de oro bajo el sol antes de caer al mar y hundirse hacia las aguas oscuras.

Una mañana de primavera hace doscientas primaveras hubo una estación de grandes lluvias y los terrenos se deslizaron, nacieron barrancos y aparecieron grietas en el suelo.
Los ovejeros y los campesinos corrieron a la casa del profesor Augustín LaFaullé a contarle de la caverna que había aparecido en el bosque. El profesor besó a Isadora, su esposa embarazada por cuarta vez - ahora de un par de mellizos que serían poeta y fotógrafo de naturaleza respectivamente - y se marchó con el grupo.

Llevaron al profesor hasta un páramo de enornes raulíes y atravesaron un claro de margaritas y frutos silvestres donde él e Isadora habían hecho el amor por primera vez hacía dieciseis primaveras atrás y donde Claudine, una osa negra, traía a sus cachorros a recolectar frutos cuando se olía el otoño en el aire.

El profesor LaFaullé recorrió la caverna durante el verano y descubrió el fósil de un enorme tiburón-dragón. Un gigantesco animal que había asolado los mares por miles de años, ahora petrificado, su mordida convertida en piedra. Lo llevó a su estudio y lo midió y dibujó meticulosamente.

El fósil atrajo a turistas y a científicos, atraídos por la perfección con que el barro de los tiempos y los minerales habían conservado al animal.
Algo jamás tuvo explicación - la presencia increíble, enganchado en uno de los colmillos, de un misterioso anillo de jade.

El monstruo quieto no podía explicar que en realidad era un insecto de oro que había caido al agua hacía mucho tiempo en otros mares, que él - joven e inexperto por aquellos años - había tratado de engullir con avidez.

4 comentarios:

Cpunto dijo...

Esta hermosa leyenda salió de la pluma de Doc, seguro. Me encantó. Me deja pensando en las tres mil primaveras que vendrán, en las manos que encontrarán mi pequeño tesoro,

..y los suspiros de Sumuki esperando por su amado, se convirtieron en pájaros que nunca regresaron

Magda de los devastados dijo...

Estoy escuchando las caracolas...saludos.
Creo que mi tren pasa por donde está ese fósil, te cuento a la vuelta.

frank dijo...

Sí, C., salió de esta pluma electrónica, gracias. Y en verdad es mucho más larga - lo que sucede con cada una de los personajes y cosas que aparecen en este primer minicapítulo es sólo un aperitivo.
Pero me imagino que muy larga para blogs.
Y Magda, que los días de sol y sal te impregnen, mujer!
Aquí estaremos cuando regreses.

unsologato dijo...

Excelente, sí requetebueno!!!
Eres astuto como serpiente, Doc Savage, nos obligas a gozar tus letras retroactivamente... fue en esos días en que me fui a la plaza y me había perdido esta joya de anillo en diente de tiburón dragón.
Me gusto tanto que te dejo un abrazo en una cometa que fosilizada dentro de seis mil años aún guardará el recuerdo de nuestra amistad blogger.